Una dieta desequilibrada no solo provoca obesidad o anemia, también diabetes o debilidad del sistema inmunológico, entre otras. A continuación, hablamos de los riesgos de una mala alimentación.

Muchas veces, al hablar de los riesgos de una mala alimentación, pensamos que las consecuencias pueden ser obesidad o anemia. Pero una dieta no equilibrada puede derivar también en problemas como la diabetes, así como, incluso, afectar a nuestro sistema inmunológico.

Pero, ¿qué consideramos mala alimentación? Una mala alimentación es aquella que no mantiene equilibrio. Es decir, mala alimentación no es solo la que abusa de grasas o azúcares. Si la dieta carece de nutrientes esenciales o se limita a un solo grupo nutricional, también se considera desequilibrada. Según la OMS, una mala alimentación “puede reducir la inmunidad, aumentar la vulnerabilidad a las enfermedades, alterar el desarrollo físico y mental, y reducir la productividad”.

Sus consecuencias en el organismo variarán según la persona, pero, en general los peligros que supone pueden llevar a trastornos como:

  1. Desnutrición. La exclusión de algunos nutrientes o una mala combinación de los mismos provoca deficiencias nutricionales que pueden hacer peligrar nuestra salud física y mental. La desnutrición lleva a problemas de crecimiento, dificultades de concentración y memoria, debilidad tanto ósea como muscular, fatiga crónica, etc.

 

  1. Anemia nutricional. Consiste en disminución de los glóbulos rojos en sangre. La poca absorción de algunos nutrientes esenciales puede contribuir a desarrollar la enfermedad. Para prevenirla es recomendable consumir carnes magras, pescado, marisco, legumbres, vegetales, frutas o frutos secos. En definitiva, alimentos que contengan hierro, vitaminas y ácido fólico.

 

  1. Obesidad. Suelen ser resultado de dietas ricas en grasas y azúcares. Según la OMS, el sobrepeso y la obesidad se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud. Para controlar la obesidad debemos limitar al máximo el consumo de comida procesada industrialmente, dulces, harinas refinadas, comidas con demasiada sal, refrescos y bebidas alcohólicas. Esta enfermedad puede derivar en enfermedades cardiovasculares, diabetes, trastornos del aparato locomotor e, incluso, algunos cánceres.

 

  1. Presión arterial alta. La hipertensión es una de las principales enfermedades crónicas vinculadas a una mala alimentación. Puede surgir como efecto secundario de la obesidad, aunque también puede afectar a personas de bajo peso que consumen demasiado sodio o alcohol. Según la OMS, unos mil millones de personas en el mundo la padecen y constituye una de las principales causas de insuficiencia cardíaca y renal. Para mitigar sus efectos, debemos limitar al máximo el consumo de alimentos procesados y fuentes de grasas trans. Asimismo, tenemos que aumentar el consumo de frutas y vegetales frescos, así como reemplazar la sal por especias más saludables.

 

  1. Diabetes. La diabetes consiste en problemas en la regulación de los niveles de glucosa en sangre. El consumo excesivo de azúcares y carbohidratos refinados, así como el consumo de grasas, está vinculado a la tendencia de padecer esta enfermedad cuando somos adultos. Según nutricionistas e investigadores del CIBERDEM (Hospital Clínic de Barcelona), “la mejor dieta para evitar la diabetes es la denominada dieta hipocalórica. Esta trata de reducir las calorías totales de la alimentación, a base de restringir principalmente la cantidad de grasas y alimentos proteicos de la dieta y manteniendo una mayor proporción de alimentos ricos en hidratos de carbono”.

 

  1. Enfermedades cognitivas. Una cantidad deficiente de nutrientes puede llevar a padecer este tipo de enfermedades. El cerebro y el sistema nervioso requieren de determinados nutrientes para funcionar en condiciones adecuadas. Por ello, nuestra dieta debe ser rica en vitaminas, ácidos grasos omega 3, hierro, zinc, magnesio, aminoácidos esenciales y antioxidantes.

 

  1. Debilidad del sistema inmunológico. La carencia de los nutrientes esenciales necesarios disminuye la producción de anticuerpos y, por tanto, hace al organismo susceptible de desarrollar enfermedades e infecciones, pues para los agentes patógenos es más fácil atacar el organismo. Así, según la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), para fortalecer el sistema inmune, “hay que retomar la dieta mediterránea, hidratarse correctamente, consumir más frutas y verduras, así como más pescado, dormir el número de horas suficientes, evitar el alcohol y realizar actividad física”.

 

  1. Envejecimiento prematuro. No solo la piel envejece de forma prematura, también lo hacen los órganos, debido a la falta de nutrientes, lo que hace que los radicales libres del entorno impacten con más fuerza en las células, al no existir mecanismos de defensa.

 

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